EL INCIDENTE

Media hora antes de ocurrir todo, la luz era cegadora, una pequeña nube blanca apareció en el horizonte; el viento, inexistente hasta entonces, comenzó a silbar entre las piedras y rocas del viejo castillo, la nube ya no era pequeña ni estaba sola. Casi sin darme cuenta, el cielo se cubrió por una inmensa masa de vapor de mil tonalidades de grises.

Toda la humedad de la tierra y las plantas asomó a la superficie, cristalinas gotas de agua se formaban por todas partes y el viento, ahora huracanado, las hacía temblar al tiempo que las arrancaba de la tierra y las elevaba e impulsaba hacia las nubes. Fueron dos minutos escasos. Confundido por lo que estaba presenciando, cogí la cámara y disparé, en el instante en que apartaba mi ojo del visor, el cielo volvía a ser transparente, ya no estaban las nubes… ni tampoco el agua que daba vida a la tierra y las plantas.

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